Cumplió silenciosamente estos días de septiembre 35 años, que ya es media vida, como trabajadora social de base en Càritas Diocesana de Barcelona. Y unos cuantos años más, siempre en el marco de las parroquias, circunstancia que no se pierde en la memoria, en la atención directa a personas con serios problemas sociales y de dinero en esta ciudad, donde nació un 14 de febrero de 1944. Fue un buen día.
Teresa Casanovas i García, catalana, católica, luchadora, demócrata y siempre de trinchera quiso, de adolescente, ser abogado, para defender, código en mano, a los suyos, pero la muerte del padre le impidió continuar unos estudios de bachillerato, antesala de la facultad, y que realizaba con becas y buen aprovechamiento en las escuelas públicas y en el Instituto de Cultura de la Mujer.
Y en el momento en que la saludo, y de eso hace unos días, acababa de hablar con un hombre negro que ha podido encontrar, por fin, un lugar en el sol después de dos años de trabajo y seguimiento. "En los años sesenta la problemática en el Raval y en otros puntos de Barcelona era la misma que ahora. Pero ahora son extranjeros y antes los necesitados no tenían los problemas legales que hay ahora". Antes las gentes con quebraderos de cabeza eran españolas y ahora mayormente inmigrantes con otros idiomas, culturas y normas propias y diferentes, y serias dificultades todos para encontrar trabajo. "Gente con problemas crónicos o duraderos no hay en Càritas. En principio, en dos años una persona debe encontrar una solución, si no, es que algo está fallando", me asegura.
Lo dice porque lo conoce, pues siempre ha estado ella en el Raval, en la iglesia de Santa Mònica, en el Carmel, con el padre Eduard, al que ayudó a organizar las tareas de beneficiencia, en el Baix Llobregat, y continuamente apagando fuegos por el Poble Sec, el Gòtic, el Casc Antic o la Barceloneta. O sea, lugares habitados por gentes con problemas.
Nació ella en el Raval como su padre, Josep, que fue desde los 18 años taxista, primero con aquellos coches que funcionaban con carbón y gasógeno y luego con los de la mala gasolina de la posguerra. Y la madre, Carme, también del Raval, pues más de lo mismo: limpiaba pisos y también los suelos de una empresa que fabricaba las cartillas del racionamiento.
Pero el padre murió de leucemia a los 38 años y se acabó el relativo lujo del taxi, y ella tuvo que dejar de estudiar a los 15 años y se puso a trabajar, primero de administrativa y más tarde como asistente social en dos parroquias, antes de entrar el 1 de septiembre de 1970 en Càritas. "Ya que no podía cambiar las leyes, intenté que las situaciones personales fueran menos degradantes", señala. La vocación no fue una llamada del cielo, aunque es creyente, bautizada por cierto en la parroquia de Santa Mònica, la primera comunión en Sant Pau del Camp, sino de algo más próximo y sencillo: la visión de lo que pasaba en su barrio del Raval, en sus calles. "La gente de mi calle vivía experiencias muy duras", me asegura.
Y mientras progresaba en el auxilio a los más necesitados, combatía de forma lateral contra la dictadura. Ocurrió un mal día y eso fue en 1968, que detuvieron a un joven troskista y en su agenda figuraba el nombre de Teresa que entonces formaba parte de Comisiones Obreras. Por efectos colaterales fue detenida, pasó tres días en la Jefatura de Policía y tres meses en la cárcel de la Trinitat a la espera de juicio. Y sabe que no sólo su abogado, Francesc Casares, peleó por ella sino que sus superiores la rescataron y consiguieron que el expediente fuera sobreseído; quedó, no obstante, sin pasaporte, es decir, muy cerca de casa y vigilada por uno de los hermanos Creix que fue quien la interrogó en jefatura. No todos pueden decir lo mismo.
Esta señora activa, buena en la fe y competente trabajadora toda su vida está casada desde 1970, tiene una hija y una nieta, Marina, que ya ha cumplido los siete meses. Y a ella le explicará un día que conoció a su marido, es decir, al abuelo, en unas colonias y que antes los dos habían sido boy-scouts. Y en octubre, cuando los compañeros de Càritas acaben las vacaciones, Teresa empezará las suyas y tiene previsto ir a Jordania, y visitar en esos veinte o treinta días algunos de los lugares sagrados que aparecen citados en la Biblia. Ha estado dos veces en Egipto y le interesa la historia antigua.
El resto del año trabaja en la atención directa a los que tienen problemas de supervivencia y perfecciona su profesión, que es ahora diplomada en trabajo social, título convalidado en Madrid en 1990. Ha realizado en diversos periodos cursos de formación de geriatría en los centros de la obra social de la Caixa, cursos de informática y otros de psicología sistemática y tiene, además, un máster en programación neurolingüística.
Estuvo activa y presente en todas las batallas de ayuda planteadas en el Raval reivindicando viviendas, en las asociaciones de vecinos, en las colonias para niños y en el servicio de atención domiciliaria a gente mayor. Y en el Casc Antic abrió la escuela de formación de mujeres, entre otras guerras. Y en la Esquerra del Eixample más de lo mismo, destacando la creación de equipos de voluntarios, las colonias de verano, el servicio a domicilio y la atención a los viejos. Y siempre en la base de la pirámide porque no sabría estar arriba y, en cualquier caso "los problemas existen y las dificultades se resuelven con una respuesta ética".